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Un día, al ver Jesús la gran cantidad de gente que le seguía,
subió al monte, se sentó y sus discípulos se pusieron
a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba
diciendo:
«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios.
Dichosos los afables, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los afligidos, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcazarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios.
Dichosos los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el Reino de
Dios.
Dichosos seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros
toda suerte de calumnias por causa mía.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
Pues también persiguieron a los profetas antes que a vosotros».
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Este discurso, que conocemos con el nombre de Sermón de la
Montaña o también llamado de Las Bienaventuranzas
(la palabra bienaventurado significa feliz o dichoso), pudo ser pronunciado
por Jesús probablemente en algún monte que rodea al Mar
de Galilea para enseñar al pueblo la nueva y definitiva ley de
Dios, en contraposición con la ley que Dios entregó a Moisés
en el Sinaí.
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