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(Hechos 8, 1. 3 ; 9, 1-20)
Después de la lapidación de Esteban, se declaró
una persecución en Jerusalén contra los discípulos
de Jesús. Sacaban a hombres y mujeres de sus casas y los llevaban
a la cárcel. La mayor parte huyó y abandonó la ciudad,
dispersándose por el país.
Saulo, el joven maestro de la Ley que había asistido a
la lapidación de Esteban, estaba airado con aquella comunidad y
perseguía y amenazaba de muerte a todos los que eran discípulos
de Jesús. Pidió cartas y recomendaciones oficiales para
hacer registros en todos los sitios y llevar presos ante el sanedrín
a los seguidores del Crucificado. Reunió cartas para los judíos
de Damasco, a fin de que le ayudasen a coger a los discípulos
de aquella ciudad y se fue para allá con sus acompañantes.
Cuando iban de camino y poco antes de llegar a Damasco, vino sobre él
una luz tan fuerte del cielo que lo cegó y cayó de su caballo,
mientras una potente voz decía: "¡Saulo!, ¡Saulo!,
¿Por qué me persigues?". Saulo respondió:
"Señor, ¿quién eres?" Y oyó
que la voz le decía: "Soy Jesús, a quien tú
persigues". Lleno de angustia, Saulo preguntó: "Señor,
¿qué debo hacer?". Y el Señor le dijo: "¡Levántate
y vete a la ciudad! Allí se te dirá lo que has de hacer".
Los acompañantes de Saulo se quedaron espantados, pues
ciertamente habían oído la voz de Jesús, pero
no habían visto nada. Entonces Saulo se levantó del
suelo. Tenia los ojos abiertos pero no podía ver. Lo tomaron de
la mano como a un ciego, y lo llevaron a la ciudad. Durante tres días
no pudo ver, y no comió ni bebió nada.
En Damasco había un discípulo llamado Ananías,
que oyó de repente la voz de Jesús, que le decía:
¡Escucha, Ananías! Sal enseguida a la calle llamada Recta
y ve a casa de Judas! Pregunta allí por un hombre de Tarso, de
nombre Saulo. Está allí rezando y, en respuesta a su oración,
te ha visto a ti, Ananías, que ibas hasta él y le ponías
las manos para devolverle la vista". Ananás dijo: "Señor,
he oído decir a mucha gente que este hombre persigue a la comunidad,
y que ha hecho mucho mal contra ella en Jerusalén. Y ha venido
aquí con la misma intención. Los príncipes de los
sacerdotes le han dado poderes para arrestar a todos los que invocan tu
Nombre". El Señor contestó: "Vete enseguida
porque a este hombre quiero darle un encargo muy especial. Deberá
llevar a los gentiles mi mensaje, y anunciar mi Nombre a los grandes del
mundo y al pueblo de Israel. Y sufrirá mucho por esa causa".
Fue, Ananás y entró en la casa donde Saulo
estaba arrodillado. Se acercó a él, e imponiéndole
las manos, le dijo: "Saulo, hermano, el Señor que te salió
al encuentro en el camino, me envía a ti para que recobres la vista
y quedes lleno del Espíritu Santo". En aquel momento cayeron
como escamas de los ojos de Saulo y volvió a ver como antes. Saulo
se levantó y se hizo bautizar. Luego tomó algo de alimento
y se reestableció quedándose algún tiempo con los
discípulos en Damasco.
Desde allí comenzó Saulo, que más tarde sería
llamado Pablo, a predicar en muchos lugares, confesando ante judíos
y paganos que "Jesucristo es el Hijo de Dios".
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