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(Hechos 6, 6-13; 7, 1. 51-59)
El número de los discípulos, en Jerusalén
crecía continuamente. Los apóstoles eligieron a siete diáconos
o servidores, para que les ayudasen en las múltiples tareas de
la comunidad. Uno de ellos era Esteban. Dios le dio gracia y poder.
Obraba grandes milagros y prodigios entre la gente, y lo que él
decía estaba lleno de Espíritu y sabiduría.
Los ancianos y los doctores de la ley e atacaban, diciendo: "Esteban
blasfema contra Dios y contra Moisés.". Y, apresándolo,
lo arrastraron ante el sanedrín para acusarlo. Compraron falsos
testigos para que dijeran: "Este hombre habla continuamente contra
el santo templo y la ley judía". En el proceso, el sumo sacerdote
le preguntó: "¿Es cierto lo que dicen contra ti?".
Entonces Esteban pidió atención y les habló
largamente, recordándoles cómo Dios se había dirigido
en tantas ocasiones al pueblo de Israel y éste le había
desobedecido. Finalmente les dijo: "Como vuestros padres que no escucharon
al Espíritu de Dios, vosotros tampoco lo escucháis y sois
duros de corazón y obstinados. También vuestros antepasados
persiguieron a los profetas que Dios les enviaba. Mataron a todos los
que profetizaban la venida de Cristo. Y, ahora que ha venido, lo habéis
traicionado y asesinado. ¡Vosotros lo habéis hecho! Vosotros,
que recibisteis de Dios su santa ley y no la habéis observado".
Al oír estas cosas, se iban airando y sus dientes rechinaban de
rabia e indignación. Pero Esteban, lleno del Espíritu
Santo, miró hacia el cielo y vio a Dios en su gloria y a Jesús
a su derecha. En aquel momento exclamó: "El cielo está
abierto y puedo ver a Jesús a la derecha de Dios".
Al oírlo, se taparon los oídos, gritaron y alborotaron
todo lo que pudieron. Se arrojaron contra él, lo agarraron y lo
arrastraron, golpeándolo fuera de la ciudad. Allí comenzaron
a arrojarle piedras para matarlo. Se quitaron sus mantos y los depositaron
a los pies de un joven llamado Saulo. Éste, aprobando el
asesinato, se quedó guardándolos mientras ellos apedreaban
a Esteban.
Esteban por su parte, oraba diciendo: "Jesús, Señor,
recibe mi espíritu". Luego cayó de rodillas, y exclamó
todavía en voz alta: "Señor, no les tomes en cuenta
este pecado". Estas fueron sus últimas palabras, antes de
morir bajo las piedras que le arrojaban
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