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(Hechos 2, 1-18 32. 36-38. 41-42)
Los discípulos, por tanto, se quedaron en Jerusalén
esperando al Espíritu Santo que Jesús les había
prometido. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban
todos reunidos en un mismo lugar. De repente, se oyó por los aires
un soplo de viento muy fuerte. Tembló todo la casa donde se encontraban
y aparecieron llamas de fuego que flotaban sobre cada uno de ellos. Todos
quedaron llenos del Espíritu Santo, y la voz de Dios hablaba por
medio de ellos en distintos idiomas, según les inspiraba el Espíritu
de Dios.
Vivían en Jerusalén hombres temerosos de Dios de todos
los países del mundo, los cuales, sorprendidos por aquel estruendo
procedente del cielo, acudieron en masa al lugar donde predicaban los
apóstoles y se juntó allí mucha gente.
Al oírles hablar cada uno en su propio idioma, llenos de admiración
y de espanto, decían: "¿Esos que hablan no son
de Galilea? ¿Entonces por qué les oímos hablar en
nuestra lengua? Somos de distintos países y regiones y, sin embargo,
los entendemos y los oímos hablar de lo que Dios ha hecho".
Otros en cambio, pensaban que los apóstoles habrían bebido
vino muy de madrugada y que estaban borrachos. De esa manera se burlaban
de ellos y decían: "Han bebido demasiado mosto. Por
eso hablan con tanta fuerza".
Entonces Pedro, con los doce apóstoles se presentó
ante ellos y comenzó a hablarles en voz alta: "Gentes de Judea
y de Jerusalén, oíd lo que voy a deciros y aceptar nuestro
mensaje. Estos hombres no están borrachos ya que apenas son las
nueve de la mañana. Lo que ha sucedido es lo que predijo el profeta
Joel: "Sucederá en los últimos días, dice
Dios, que derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres,
y vuestros hijos e hijas predicarán con don de lenguas. Verdaderamente
aquellos días Yo derramaré sobre mis siervos y siervas,
mi Espíritu y profetizarán". Y Pedro les habló
de Jesús, anunciándoles que Dios lo había resucitado
de entre los muertos y les dijo: "Aquel a quien vosotros crucificásteis,
Dios lo ha hecho Señor y Salvador vuestro".
Al oír lo que Pedro había dicho, muchos de los que estaban
allí, preguntaron: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?".
Pedro les dijo: "Convertíos a Él y bautizaos
en el Nombre del Señor Jesús. Así se os perdonarán
los pecados, y Dios derramará también sobre vosotros el
Espíritu Santo".
Aquel día se bautizaron unos tres mil hombres y se incorporaron
a la comunidad. Todos escuchaban juntos las enseñanzas de los apóstoles,
celebraban la cena y rezaban en común.
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