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Cuando el Niño tenía cuarenta días, lo llevaron al Templo de Jerusalén para cumplir con una de las tradiciones judías: purificación de la madre y ofrecimiento del hijo a Dios, si era el primogénito. Para que los padres pudieran llevárselo a casa debían pagar un "rescate" al Templo. María y José ofrecieron un par de palomas. En el Templo se encontraron con un anciano llamado Simeón. Cuando los vio tomó a Jesús en los brazos, reconociéndole como el Mesías y lleno de emoción les dijo que sería el Salvador del mundo. María y José se quedaron asombrados al oírle. Dirigiéndose a María dijo que el Niño iba a sufrir mucho, y que a ella una espada le traspasaría el corazón. Se encontraba también en el Templo una anciana llamada Ana, que presenció el enccuentro. Desde ese momento hablaba del Niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. Después de esto, María y José volvieron a Belén. No dejaban de pensar en las cosas que habían pasado y en lo que les habían dicho para intentar comprenderlo. (Lucas2, 22-38)
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