En aquel tiempo, Juan Bautista predicaba en el desierto de Judea donde decía: "Haced penitencia y cambiad de vida! ¡El reino de Dios se acerca!". Mucha gente acudía a Juan para confesar sus pecados y para que los bautizara en el río Jordán. Entre los que escuchaban sus palabras había también fariseos y saduceos, y Juan les advertía diciéndoles: "Mostrad que verdaderamente queréis cambiar y no penséis que basta con ser descendientes de Abraham para salvaros. Yo os bautizo con agua para que seáis mejores, pero detrás de mí viene uno que es más fuerte que yo. Yo no valgo ni para desatarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego". Un día Jesús fue de Galilea al Jordán,
a presentarse a Juan para que lo bautizara. Juan sabía que
quien había venido no era un hombre pecador como los demás.
Por eso no quería bautizarlo y le decía: "Eres Tú
quien debería bautizarme, ¿cómo es que vienes a mí?".
Jesús le respondió: "Ahora debemos cumplir lo
que Dios manda". Entonces Juan lo bautizó en
el río Jordán y mientras lo hacía, se abrió
el cielo de repente y vio bajar al Espíritu de Dios y posarse sobre
Él como lo haría una paloma. Y una voz del cielo decía:
"Éste es mi Hijo amado, mi Elegido" |